El paraíso de las Cíes

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CUADERNO DE BITÁCORA

Sábado 12 de marzo. El despertador suena a las 6:45 a.m. Me levanto, una ducha rápida medio dormida aún, meto la toalla, la reflex, un bocata de chorizo y queso y algo de fruta en la mochila. Me tomo un café rápido con cuatro galletas y salgo a la aventura. Este día va a ser especial. Lo sé.

Lo que en un principio me había imaginado como una aventura en solitario resulta ser todo lo contrario gracias al buen hacer de Raquel, al ponerme en contacto con más gente para compartir coche. Así que a las 7:30 recojo en Coruña a la primera de las tres personas que me acompañan en el viaje hasta Vigo. Buenas vibraciones desde el principio que hacen muy ameno el trayecto. En Pontevedra segunda parada, ya estamos todas. Tras la odisea de intentar aparcar en la calle en pleno puerto deportivo de Vigo, el coche se transforma en una abejita ante los asombrados ojos de nuestras dos acompañantes foráneas, que ven como se desplaza por unos raíles hasta su celda correspondiente en uno de estos aparcamientos ultra modernos.

Llegamos al puerto donde nos espera el resto del grupo, en total somos 10 personas, mayoría aplastante de mujeres: 9 contra 1. A la espera de la llegada del patrón del barco segunda odisea: encontrar un bar abierto a las 9:30 de la mañana un sábado en la dársena para tomar un café calentito antes de emprender la travesía. Tras varios metros de sondeos hacia babor y estribor localizamos la cafetería de un hotel donde calentamos motores rodeados, ¡cómo no!, de un ambiente marinero.

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Tras el repostaje, Bibiana nos conduce hacia el Alvamar, un precioso velero de 13 metros de eslora, que será capitaneado por su hermano Manuel; una alegre sonrisa destaca en su tez morena curtida por las millas recorridas en alta mar. Tras unas breves explicaciones rutinarias nos acomodamos a bordo y emprendemos rumbo a nuestro destino: las islas Cíes.

Entre bocanada y bocanada de aire, una brisa casi gélida me lleva a buscar el solecito en cubierta sentada bajo la génova desplegada al viento. ¡Qué distinto se ve el Puente de Rande desde el agua!. Bouzas, Samil y toda la ciudad de Vigo brillan con el reflejo del sol al amanecer. Me deleito disfrutando de las vistas desde proa. A estribor, la playa de Barra y varios faros vigilan A Costa da Vela hasta llegar a Cabo Home.

Manuel ameniza la travesía con aventuras marítimas y unas cuantas lecciones básicas de navegación, la mar de instructivas. Lo más maravilloso: la posibilidad de ponerme al frente del timón de un velero, algo que jamás habría imaginado ni en mis mejores sueños.

La sensación de llevar un barco se resume en una sola palabra: libertad.

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Nos unimos a mitad de camino con el resto de la excursión, Sindo es el primero en saludar efusivamente arrancándonos  unas cuantas sonrisas. Navegan a bordo del San Yago, un robusto velero salido del puerto de Moaña y capitaneado por Jaime, quien, aparte de dedicarse a navegar y a hacer disfrutar del mar a toda su tripulación, cuando pone los pies en tierra se transforma en un avezado fotógrafo captando momentos inolvidables con su cámara.

Tras casi 3 horas de una travesía, donde compruebo que, sin lugar a dudas, prefiero la navegación a vela que a motor, llegamos a nuestro destino: Cíes. El paraíso para 20 personas.

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La marea está baja, lo que nos obliga a fondear cerca del embarcadero de la isla de Monte Agudo y desembarcar en una pequeña zodiac. Me quedo embelesada disfrutando de las fascinantes vistas y por un momento deseo poder detener el tiempo contemplando toda esa belleza. Emprendemos la caminata hasta la “silla del la reina”, poco más de una hora para alcanzar la cima de la primera isla. ¿Qué mejor sitio para zamparse un bocadillo que sentada al pie del acantilado? En frente: la inmensidad del mar azul, ¡impresionante!. Y la compañía: fantástica, un grupo de gente maravillosa.

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Siguiente parada: el faro de la segunda isla. Pero de camino hacia ella, la arena blanca y el mar verdoso de la playa de Rodas me susurran: “ven a pasear descalza” y decido cambiar la subida de hora y media por un paseo solitario, con tan solo el sonido de las olas y el graznido de unas cuantas gaviotas que curiosean a mi alrededor.

La sensación de paz es indescriptible. Poder comprobar lo que me dijo una buena amiga: que la arena realmente silva cuando caminas sobre ella. Dejar tus huellas en una arena tan blanca que hasta las conchas de los mejillones se han tornado de ese color. Mojar los pies en las gélidas y cristalinas aguas mientras contemplas las tonalidades verdes y azuladas que envuelven a los veleros varados a escasos metros. Disfrutar de la inmensidad y de la belleza que te rodea. Sentirte afortunada por encontrarte en este paraíso sin nadie a tu alrededor, no tiene precio.

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A las 6 embarcamos de nuevo rumbo a puerto. Una preciosa puesta de sol a nuestras espaldas acompaña nuestro viaje de regreso. Despidiéndose de nosotros con una brisa cálida, vemos cómo el astro rey se va ocultando detrás de las Cíes. Empieza a anochecer cuando entramos en puerto. Sin ninguna duda, recordaré este día como uno de los más especiales de mi vida. Y volveré, pero sólo cuando pueda disfrutar de este paraíso del mismo modo que lo hice este fin de semana.

Gracias a todos
Begoña Gayoso Louzao

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